Devenires
Anoche me encontraba de un humor bastante particular. Este es el resultado…
La lluvia caía copiosamente en la fría noche de Septiembre. El callejón se encontraba particularmente silecioso, sólo se oía el incesante golpeteo de las gotas de agua contra el metal de los tachos de basura y el pavimento. Monótono, penetrante. Los charcos comenzaban a formarse, y al caer la lluvia en ellos se formaban círculos concéntricos matizados con los colores del arcoíris, debido quizá a alguna sustancia oleosa que había sido previamente derramada sobre el suelo.
Primero fue apenas una sombra, un movimiento casi imperceptible en el rincón de la derecha. Después apareció el humo, a intervalos regulares, elevándose hasta confundirse con la bruma que cubría la ciudad. Pasaron más de cinco minutos para que la figura hiciera completa aparición. Era de estatura mediana, y aún por debajo del saco que la mantenía en parcial reparo, se podía distinguir un cuerpo bien formado, aunque no necesariamente robusto. En su mano izquierda se encontraba un cigarrillo casi completamente consumido, lo levantó hasta sus labios y dio la última pitada para luego arrojarlo frente a él. Éste se apagó antes de tocar el suelo mojado.
Cuando sintió su presencia se incorporó de la posición que había tomado, con la espalda reclinada sobre una vieja pared de ladrillos. Ahora él podía verla, y ella podía verlo a él. Dos siluetas recortas en la negrura de un oscuro callejón, sus contornos marcados por las luces que penetraban desde las calles principales más allá de su alcance, porque ellos pertenecía ahí, a la clandestinidad. Dos predadores a punto de enfrentarse en otra batalla que no reconocería ganador. Dos almas solitarias… o algo así.
Ella retomó su marcha, lenta, sigilosamente. Con cada paso el sonido de sus tacos se mezclaba con el de la lluvia que la empapaba, resaltando aún más sus formas. Él la esperaba inmutable, como siempre, o al menos en apariencia, ya que paradógicamente la sagre parecía arder en su interior. El tiempo pareció detenerse durante esos segundos que le tomó llegar a él, la mirada fija en los ojos del otro, desafiante, inquisidora, anticipativa.
Finalmente estuvieron frente a frente. El aliento de ella, tornándose tangible debido a la diferencia de temperatura, era lo único que los separaba. Fue repentino, pero sus reflejos igual lo vieron venir. La fuerza del golpe lo volvió a donde se encontraba momentos antes, las irregularidades del muro incrustándose en su espalda, dañando el cuero del saco que lo cubría. Ella sonrió maliciosamente y bajó apenas la cabeza, sus ojos todavía fijos en los de él. Sus manos temblorosas, y no necesariamente por el frío, fueron más allá de lo permitido, por debajo de la tela negra que se pegaba a su cuerpo, atrayéndolo hacia sí, undiendo las uñas en la pálida piel de su espalda.
Los brazos de él la rodearon y una de sus manos la tomó del pelo mojado, tirando firmemente, obligándola a volver a levantar la cabeza. Ahora era su turno de sonreir, con ese gesto sugestivo que hacía que los latidos de su corazón aumentaran en forma palpable, hecho que a ninguno pasaba desapercibido. Sin apartar la vista de sus ojos siquiera para pestañar, fue acercando lentamente su cara a la de ella, hasta que sus labios se rozaron casi de forma imperceptible. Aún así el calor del contacto lo quemaba, pero no había poder en el mundo que hubiera podido apartarlo involuntariamente de ellos.
Una vez más, no pudo dejar de notar la suavidad, aunque por alguna extraña razón lo que todavía la sorprendía en mayor medida era la temperatura de su piel, igual a la de las gotas de lluvia que caían sobre ambos. Intentó aumentar la presión pero se vio detenida por la mano que la sujetaba desde atrás, al mismo tiempo que él se alejaba apenas. ¿Sería quizá para atemperar sus labios antes de entregarlos de lleno al fuego? ¿O sólo deseaba molestarla? Alguna parte de su cerebro que todavía se mantenía relativamente lúcida decidió lo segundo por ella.
En ese instante tenía el control, o al menos la ilusión del mismo. Estaba conciente de que el pequeño y frágil cuerpo que se presionba contra él podía convertirse en un arma letal en una fracción de segundo. Pero aún así le gustaba la ilusión de poder. Decidió que era el momento justo para tentar a la suerte. Por algún motivo las leyes metafísicas no le impedían ver el cambio en sus ojos, eran los únicos espejos que había tenido en más de un siglo. Pero no fue sólo eso lo que reflejaron, había algo más. ¿Aprensión? No exactamente. ¿Miedo? Quizá. ¿Deseo? Definitivamente. Intrínseco. Connatural. Primivito. Innato.
Mientras su mano izquierda seguía recorriendo la plenitud de su espalda, la otra se movió hasta encontrarse entre ellos. Después, como con recelo, fue subiendo lentamente hasta su nuevo rostro. Las llemas de los dedos recorrieron cada uno de los pliegues de su ceño, el dorado de sus ojos ocultándose momentáneamente bajos los párpados. Era la primera vez que perdían contacto visual desde su encuentro. Él se dejaba reconocer, como lo había hecho la primera vez, y las que vinieron después. Ella parecía encontrar alguna especie de mórbida fascinación en ello.
Luego de fugarse hasta los labios que segundos antes habían estado junto a los propios, su mano se deslizó hacia su cuello, su nuca, subiendo, enredándose en los cabellos empapados que se pegaban a su cabeza y finalmente atrayéndolo hacia ella. Cerró los ojos para igualar a los de él, y sus bocas se volvieron a encontrar. Algo tímidamete en un principio, como una caricia de hielo contra fuego, fundiéndose el primero, aplacándose el segundo. Eventualmente la fricción comenzó a aumentar. Si bien las restricciones impuestas a su naturaleza no se aplicaban a ese campo, igualmente pidió permiso para terminar de invadir su terreno, y ella lo aceptó ávida, la invitación siendo más que clara, casi verbal.
La batalla ahora se llevaba a cabo en otros dominios a los que sólo ellos podían acceder. Ambas partes demandaban, coercionaban, se rendían y volvían a reclamar. Sonidos de roces, cuero a punto de desgarrarse, piel contra piel, quejidos, suspiros, inhalaciones profundas para preservar la existencia y poder volver a abocarse a la lucha, invadían el entorno que los rodeaba, único lazo entre las dos realidades, quebrando la motonía del lugar de encuentro, desentonando con el compás de la lluvia que en lugar de disminuír su intensidad la incrementaba, queriendo inútilmente rivalizarles. Pero sólo sería el preábulo a lo que ellos conocían estaba por venir.
Cuando el pácto tácito estuvo firmado, y aún siendo un reflejo, un acto instintivo, el siguiente paso volvió a recaer en ella. Era un límite que él todavía no se atrevía a cruzar por sí mismo, conciente o incocientemente. En el ajetreo de la situación, ahora era ella la que se encontraba de espaldas a la pared, con el cuerpo de su oponente bloquéandole toda posible salida. No es que ella sintiera algún deseo de escapar, así como no es que eso la hubiera detenido. Sin perder el ritmo de la batalla, recorrió con su lengua la de él, luego su paladar. Con un movimiento continuo se separó de su boca, rozando firmemente uno de los puntiagudos colmillos que sabía encontraría en el escape, derramando su sangre parte detro de la boca y parte en el labio inferior de su contrincante.
Sus miradas volvieron a encontrarse, las pupilas dilatadas, casi ocultando la diferencia de tonalidad. Ladeó su cabeza, recogiendo al mismo tiempo los cabellos que se pegaban a su cuello y dejando que él los sostenga con su mano derecha, entrelazando sus dedos en ellos. Sin quitar su mirada de la de él, recorrió el labio inferior de su compañero con la lengua, probando su propia sangre, como degustando el bien que estaba a punto de ofrecer. Luego cerró los ojos, sumergiéndose en su propia oscuridad. Podía sentir, como algo ajeno, cómo su corazón se aceleraba aún más, mientras con la mano derecha tomaba su cabeza y la impulsaba al área que ella misma había expuesto.
Podía sentir las pulsaciones aumentar su ritmo, la sangre corriendo dentro de ella, detrás de ese fino velo que estaba a punto de razgar. Rozó con ambos colmillos la cicatriz y estrechó su abrazo al rededor de la pequeña cintura cuando tomó una última y profunda bocanada de oxígeno. Un segundo después estaba nuevamente dentro de ella. Con su brazo izquierdo la sostenía contra su cuerpo, con el derecho sujetaba su cabeza, maximizando el área de exposición. Comportándose prácticamente como un espejo, su antagonista lo insitaba al contacto, presionándolo contra su cuello mientras lo asía firmemente de la cintura.
Un tenue gemido fue ahogado por sonidos que les eran totalmente ajenos, la lluvia todavía martillando incesantemente contra todo lo que se interponía en su camino, con una determinación impuesta por leyes que no se aplicaban a las dos criaturas abandonándose en la noche. Ahora su corazón dismunuía la marcha, agotado, exausto, listo para darse por vencido, mientras la sensación de estar cayendo en una oscuridad sin final la envolvía. Y ella se dejaba envolver gustosa. Las sensaciones que lo aquejaban él eran las opuestas. Una intensa luminocidad lo rodeaba, haciéndose cada vez más penetrante, dolorosa, quemando sus sentidos, casi reestableciendo las funciones que habían dejado su cuerpo décadas atrás. Y se dejaba acorralar, impotente, pero complacido.
En algún momento despertaron de su transe autoimpuesto. De alguna forma encontraron el camino de regreso desde ese estado culminante que sólo dos criaturas como ellos eran capaces de alcanzar y sobrevivir. Ella desanduvo sus propios pasos, volviendo a las calles iluminadas, que se encontrarían ajetreadas de personas ordinarias, mortales, ajenas a su naturaleza, de no ser por la incesante lluvia que continuaba azotando la cuidad. Un rastro de humo lo siguió hasta desvanecerse, su regreso asemejándose a un película pasada en reversa, cuyo final coincidiría irremediablemente con el punto de partida.
La lluvia caía copiosamente en la fría noche de Septiembre. El callejón se encontraba particularmente silecioso, sólo se oía el incesante golpeteo de las gotas de agua contra el metal de los tachos de basura y el pavimento. Monótono, penetrante. Al caer la lluvia en los charcos esparcidos en forma irregular se formaban círculos concéntricos matizados con los colores del arcoíris, debido quizá a alguna sustancia oleosa que había sido previamente derramada sobre el suelo. Un testigo mudo e inerte del encuentro de dos seres con su propia esencia.
Tags: Buffy the Vampire Slayer, fanfiction
30 dAmerica/Los_Angeles Marzo, 2007 a las 8:23 pm
[…] Que… “Ella retomó su marcha, lenta, sigilosamente. Con cada paso el sonido de sus “tacos se mezclaba con el de la lluvia que la empapaba, resaltando aún más sus formas. Él la esperaba inmutable, como siempre, o al menos en apariencia, ya que paradógicamente la sagre parecía arder en su interior. El tiempo pareció detenerse durante esos segundos que le tomó llegar a él, la mirada fija en los ojos del otro, desafiante, inquisidora, anticipativa.” (extraìdo de Devenires, by Tien) […]
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