Dulce Daniela
Esas pocas veces en las que se permite ser sincera consigo misma admite que desde el comienzo su atracción hacia la oscuridad fue genuina. Por supuesto, no es algo difícil de imaginar si se sabe que ésta y su propia esencia tienen un origen en común. Sin embargo, las reglas y su obstinación por ser políticamente correcta le hicieron renegar de ella por años. Nunca supo si finalmente fue empujada hacia sus brazos por las circunstancias o si inconscientemente manipuló la situación hasta conseguir lo que realmente deseaba, mas llegó un punto en el que eso perdió toda importancia.
Ahora la noche le pertenecía, y ella le pertenecía a la noche. Gustosa se entregaba a ésta con todas sus fuerzas, hasta que las uñas se le enterraban en la espalda. La dejaba tomarla, poseerla, abandonándose a ella en cuerpo y alma. Y la oscuridad la acogía en sus brazos, cubriendo el calor de su cuerpo con el frío manto que era el propio, mientras la llevaba a su mundo de rituales clandestinos y danzas prohibidas.
Nada podía darle lo que la noche le daba, y ésta parecía quererla sólo a ella. Así creaban un universo propio, donde las barreras entre la pasión y el dolor, el amor y el odio, la vida y la muerte eran prácticamente ilegibles. Aislada, se escondía en la negrura de rincones solitarios y jugaba a las escondidas con el mundo, burlándose en sus propias narices, consciente de que el velo de la incredulidad era aún mejor cobija que la fisonomía de su amante.
Durante el día debía llevar el peso del mundo sobre sus hombros, pero al perderse en la noche todas sus preocupaciones eran encerradas en algún lugar recóndito de la mente, sólo accesible a través de un sendero intransitado. El miedo se convertía en descaro; la ansiedad en frenesí; el dolor en placer; la agonía en éxtasis. Y cuando todos sus sentidos estaban a punto de colapsar, apenas aplacados por la fría brisa que rítmicamente le acariciaba el rostro, abría los ojos y fijaba su mirada en las pupilas dilatadas de la noche.
Frente a ella, la oscuridad se disolvía lentamente en su antítesis. El negro le daba paso a la luz. Dos perfectas esferas de oro que la cegaban, llevándola un paso más cerca del precipicio. Y cediéndole el control de su cuerpo, ella se dejaba guiar.
Apenas perceptible, una ráfaga punzante de dolor la lanzaba hacia el tan deseado abismo. El olor a cobre impregnando sus fosas nasales, sentía como un torrente de rojo comenzaba a inundar el horizonte. Un grito se formaba en lo profundo de su ser, sin alcanzar jamás la forma de sus labios entreabiertos. Sus músculos se paralizaban, el corazón dejando de latir. Ajena a todo esto, ella simplemente continuaba su caída en espiral. Atajándola en sus brazos, la noche moría con ella.
Poco a poco volvía a recobrar los sentidos, su respiración normalizando el ritmo. Todavía podía percibir el aroma distintivo del cobre en el ambiente, entremezclándose con el resto de las fragancias que invadían la habitación. El cielo celeste la devoraba con su mirada, embelesado ante la forma en que el rocío producto del amanecer cubría su cuerpo. Había habido un tiempo en el que la incomodaba tal escrutinio, pero ahora sabía que era otra de las formas que la noche tenía para hablar sin palabras.
Ese era su momento predilecto del día, justo después del despuntar del alba, el par de soles dorados aún grabados en su retina, precediendo al fuego que daría lugar al firmamento más puro y transparente que jamás había visto. Mientras reposaba calma y satisfecha, la oscuridad la envolvía en un abrazo protector. Otra de las ironías de su vida. Pero atesoraba cada amanecer ficticio más que cualquier otra cosa, sabía que nunca podría presenciar uno verdadero en compañía de la noche. Sólo la dejaría cubierta en cenizas.

