Jenny Mnemonic
¿Quién habría pensado en el momento de ser forjado que ese pequeño disco se destacaría del resto? ¿Que uno entre decenas de miles sería especial para alguien; como una especie de tesoro? Un diminuto trozo de metal, sin nada destacable en apariencia, capaz de cambiarlo todo.
El tiempo que, según dicen, todo lo cura, se encargó no sólo de anestesiar sus heridas sino también de cubrir con el manto de su paso los recuerdos que le aseguraban que había estado allí. Colocando insufriblemente cada cosa en su lugar, el correr monótono de los días logró construir una réplica exacta de las cosas tal y como las había dejado; como si ese lapso intermedio nunca hubiese existido. La vieja rutina volvió a adueñarse de sus días con una rapidez que le hizo dudar de su ausencia.
Todo parecía ser como antes, como si nada hubiera cambiado. Nada excepto ese vacío que cada tanto lograba emerger por sobre la inercia entumecedora, despertando las heridas. De repente se encontraba a sí misma buscando una mano que sujetar, sus ojos mirando fijamente al vacío, esperando toparse con su propio reflejo, los oídos creyendo distinguir el sonido lejano de las risas. Y en ese instante de lucidez las imágenes desfilaban frente a sus ojos, como flashes con un destino en común: un minúsculo disco de metal escondido entre tantos otros semejantes; sin ningún rótulo distintivo, pero identificable por instinto.
Su conexión virtual con la realidad.
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