El viaje
Me despierto de golpe. Me despierto a sabiendas. La sensación de vacío que inunda mi cuerpo lucha por quedarse en él, como un parásito aferrándose a su huesped. Me toma unos instantes caer en cuenta de que ya estoy del otro lado, sea éste el bienvenido engaño de un sueño o el despertar de una pesadilla. Pero eso no importa mientras la encuentre allí.
Intento recuperar el control sobre mi respiración. Inhalo. Exhalo. Lentamente se va normalizando hasta caer en un ritmo constante. Un ritmo ajeno que penetra mis oídos y comienza a despojame de cualquier vestigio de desolación. Me gusta pensar que la calidez sobrecogedora que toma su lugar esperaba mi llegada. En las sombras mis ojos apenas pueden distinguirla, mas esto no es necesario para guiarme hacia ella. La calidez me rodea con sus brazos y termina de atraparme. El frío de mi cuerpo acaba por ceder ante su presencia. Ahora le pertenezco interna y externamente.
Él sigue su eterno camino, marcando cada paso en forma amenazante, sin saber que cualquier realidad fuera de ella escapa mis sentidos. Cuando el par de garras dispares finalmente me obliga a emprender el viaje de regreso, cualquiera haya sido el tramo que recorrimos juntas se siente inevitablemente ínfimo. Pero el adios dicho en segundos no implica que la calidez me abandone en el mismo lapso.
Me despierto de golpe. Me despierto a regañadientes. La sensación de calidez que inunda mi cuerpo lucha por quedarse en él, como un optimista aferrándose a su esperanza. Me toma unos instantes aceptar que ya estoy del otro lado, sea éste el irrequerido engaño de un sueño o el despertar a una pesadilla. Mas no importa cuántas veces vuelva, siempre habrá un nuevo despertar que me lleve a ella.

